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#691 - La Causa Más Importante del Cáncer -- Parte 1, 15-Mar-2000

[Salud y Medio Ambiente se publicará nuevamente el 13 de abril].

Cuando Wilhelm Roentgen descubrió los rayos X en 1895, "los doctores y
médicos enseguida vieron el potencial práctico de los rayos X y se
apresuraron a experimentar con ellos" [1, pág. 7]. Muchos médicos
construyeron su propio equipo de rayos X, con resultados mixtos:
algunas máquinas caseras de rayos X no produjeron radiación en lo
absoluto y otras produjeron suficiente como para irradiar a todos en la
habitación de al lado.

La capacidad para ver dentro del cuerpo humano por primera vez fue un
descubrimiento maravilloso, misterioso y profundamente provocativo.
Roentgen enfocó los rayos X sobre la mano de su esposa durante 15
minutos, produciendo una imagen macabra de los huesos de su mano
adornada con su anillo de matrimonio. Otto Glasser, biógrafo de
Roentgen, dice que a la Sra. Roentgen "le costaba creer que esa mano de
huesos era la suya y se estremeció al pensar que estaba viendo su
esqueleto. Para la Sra. Roentgen, al igual que para muchos otros
después, esta experiencia les dio una vaga premonición de muerte",
escribió Glasser [1, pág. 4].

En el lapso de un año, para 1896, los médicos estaban usando los rayos
X en diagnósticos y como un nuevo método para reunir evidencias para
protegerse contra demandas de mala práctica médica. Casi
inmediatamente -en 1895 y 1896- también resultó evidente que los rayos
X podían causar problemas médicos serios. Algunos médicos sufrieron
quemaduras que no sanarían, requiriendo la amputación de los dedos.
Otros desarrollaron cánceres mortales.

En ese momento todavía no se habían descubierto los antibióticos, de
manera que los médicos sólo tenían pocos tratamientos que podían
ofrecerles a sus pacientes; los rayos X les dieron una gama de nuevos
procedimientos que eran de muy "alta tecnología" -limitando en lo
milagroso- y los cuales parecían ofrecerle promesas a los enfermos. Así
que el mundo médico adoptó estos rayos invisibles y misteriosos con
gran entusiasmo. Comprensiblemente, en ese tiempo los médicos
frecuentemente pensaban que observaban beneficios terapéuticos en donde
hoy en día los experimentos controlados no encuentran ninguno.

En ese momento -justo antes de 1920- el editor de la revista AMERICAN X-
RAY JOURNAL dijo "hay aproximadamente unas 100 enfermedades que
reaccionan favorablemente al tratamiento con rayos X". En su muy
informativa historia de la tecnología, MULTIPLE EXPOSURES: CHRONICLES
OF THE RADIATION AGE ("EXPOSICIONES MULTIPLES: CRONICAS DE LA ERA DE LA
RADIACION"), Catherine Caufield (ver REHW #200, #201, #202), comenta
sobre este período: "El tratamiento de radiación para las enfermedades
benignas [no cancerosas] se convirtió en una locura médica que duró 40
años o más" [1, pág. 15]. "...Grandes grupos de personas [fueron]
irradiadas innecesariamente por problemas tan pequeños como la tiña y
el acné... A muchas mujeres se les irradiaron los ovarios como
tratamiento para la depresión" [1, pág. 15]. Hoy en día tales usos de
los rayos X serían vistos como charlatanería, pero muchos de ellos eran
prácticas médicas aceptadas incluso en la década de 1950. Los médicos
no eran los únicos entusiasmados con las terapias de rayos X. Si usted
recibe una dosis suficientemente larga de rayos X su cabello se cae,
así que "los salones de belleza instalaron equipos de rayos X para
eliminar el vello facial y corporal no deseado de sus clientes",
reporta Catherine Caufield [1, pág. 15].

El descubrimiento de Roentgen de los rayos X en 1895 llevó directamente
al descubrimiento de la radiactividad del uranio por Henri Becquerel en
1896 y luego al descubrimiento del radio por Marie Curie y su esposo
Pierre en 1898, por el cual a Becquerel y a los esposos Curie se les
otorgó el Premio Nobel en 1903. (Veinte años después Madame Curie
moriría de leucemia linfoblástica aguda).

Pronto, el radio radiactivo fue recetado por los médicos junto a los
rayos X. Los tratamientos con radio fueron recetados para problemas del
corazón, impotencia, úlceras, depresión, artritis, cáncer, presión
sanguínea alta, ceguera y tuberculosis, entre otros padecimientos.
Pronto comenzó a venderse pasta de dientes radiactiva, después crema
radiactiva para la piel. En Alemania se vendieron barras de chocolate
que contenían radio para el "rejuvenecimiento" [1, pág. 28]. En los
E.U.A., cientos de miles de personas comenzaron a beber agua
embotellada con radio, como un elíxir general conocido popularmente
como "sol líquido". Todavía en 1952 la revista LIFE escribía acerca de
los efectos beneficiosos de inhalar gas radón radiactivo en las minas
profundas. Incluso hoy en día, la mina The Merry Widow Health Mine
cerca de Butte, Montana y la mina Sunshine Radon Health Mine que está
cerca, hacen publicidad de que quienes visitan las minas reportan
múltiples beneficios por la inhalación del radón radiactivo [2],
incluso a pesar de que ahora muchos estudios indican que el único
efecto a la salud que puede demostrarse del gas radón es el cáncer de
los pulmones.

De manera que el mundo médico y la cultura popular adoptaron juntos los
rayos X (y otras emanaciones radiactivas) como remedios milagrosos,
regalos para la humanidad de los más destacados genios de la era de los
inventos.

En la imaginación popular estas tecnologías sufrieron una seria derrota
cuando se detonaron las bombas atómicas en Japón en 1945. A pesar de
que podría decirse que las bombas A acortaron la segunda Guerra Mundial
y salvaron las vidas de muchos estadounidenses, la descripción de John
Hersey de la devastación humana en HIROSHIMA imprimió por siempre en la
mente popular la nube en forma de hongo como un presagio de una ruina
impronunciable. A pesar de los considerables esfuerzos por proyectar a
La Bomba en una luz positiva, la tecnología de la radiación nunca
recuperaría el brillo que había ganado antes de la segunda Guerra
Mundial.

Siete años después de que se usaran las bombas A en la guerra, Dwight
Eisenhower puso al gobierno de los E.U.A. sobre un nuevo rumbo,
dirigido a mostrarle al mundo que las armas nucleares, la radiactividad
y la radiación no eran precursores de muerte, sino que de hecho eran
sirvientes benignos y poderosos que ofrecían beneficios casi ilimitados
para la humanidad. Nació el programa "Atoms for Peace", dirigido
explícitamente a convencer a los estadounidenses y al mundo que estas
nuevas tecnologías estaban llenas de esperanza y que los reactores de
energía nuclear para generar electricidad debían ser desarrollados con
los dólares de los impuestos. La promesa de este nuevo avance técnico
parecía demasiado buena para ser verdad -electricidad "demasiado barata
para medirla" [3].

La Ley de Energía Atómica (Atomic Energy Act) de 1946 creó la Comisión
civil de Energía Atómica, pero para efectos prácticos los más altos
comandantes militares de la nación mantuvieron todo el control del
desarrollo de todas las tecnologías nucleares [4].

Así que por una serie de accidentes históricos, todas las fuentes
principales de radiaciones ionizantes cayeron en poder de personas e
instituciones que no tenían razones para querer explorar la noción
temprana de que la radiación era dañina. En 1927, Hermann J. Muller
había demostrado que los rayos X causaban daños genéticos heredables y
recibió el Premio Nobel por su trabajo. Sin embargo, Muller había hecho
sus experimentos con moscas de la fruta y era fácil, o al menos
conveniente, desechar sus hallazgos como irrelevantes para los seres
humanos.

Resumiendo, para los médicos la radiación parecía una prometedora nueva
terapia con la que se podía tratar casi cualquier padecimiento bajo el
sol; para los militares y para la Comisión Conjunta de la Energía
Atómica en el Congreso soltó miles de millones de dólares; un verdadero
flujo de fondos de los contribuyentes, la mayor parte de los cuales
llegaba casi sin supervisión debido al secreto oficial que rodea el
desarrollo de las armas; y para los contratistas del gobierno
pertenecientes al sector privado como Union Carbide, Monsanto Chemical
Co., General Electric, Bechtel Corporation, DuPont, Martin Marietta y
otros significó la oportunidad de unirse a la élite del "complejo
militar-industrial" sobre cuyo creciente poder político advirtió el
Presidente Eisenhower en su alocución final al Congreso en 1959.

A lo largo de la década de 1950 los militares detonaron bombas A sobre
la superficie en el Sitio de Pruebas de Nevada, rociando con
radiactividad las poblaciones civiles que se encontraban en la
dirección del viento [5]. En la Reservación Hanford, en el estado de
Washington, los técnicos liberaron intencionalmente nubes inmensas de
radiactividad para ver qué le sucedería a las poblaciones humanas
expuestas de esta manera. En un experimento en Hanford se liberaron
500.000 Curies de yodo radiactivo; el yodo se acumula en la glándula
tiroidea humana. A las víctimas de este experimento, la mayoría
indígenas, no se les dijo nada de esto por 45 años [6, pág. 96]. Los
marineros estadounidenses en los barcos y los soldados en la tierra
fueron expuestos a grandes dosis de radiactividad sólo para ver qué les
sucedería. Los altos oficiales militares insistieron en que ser rociado
con radiación era inofensivo. En su autobiografía, Karl Z. Morgan, que
sirvió como director de seguridad de radiación en el Laboratorio
Nacional de Oak Ridge (Clinton, Tennessee) desde 1944 hasta 1971,
recuerda que: "La Dirección de Veteranos (Veterans Administration, VA)
siempre parecía a la defensiva para asegurarse de que las víctimas no
fueran compensadas" [6, pág. 101]. Morgan narra la historia de John D.
Smitherman, un marinero que recibió grandes dosis de radiación durante
experimentos con bombas A en el atolón de las Islas Bikini en 1946.
Morgan escribe: "La Dirección de Veteranos negó cualquier conexión con
la exposición a la radiación hasta 1988, cuando le concedió beneficios
a su viuda. Para el momento de su muerte, el cuerpo de Smitherman
estaba casi consumido por cánceres de los pulmones, bronquios, ganglios
linfáticos, diafragma, bazo, páncreas, intestinos, estómago, hígado y
glándulas adrenales. En 1989, un año después de haberle concedido los
beneficios a la viuda de Smitherman, la VA se los revocó" [6, pág.
101].

Comenzando en la década de 1940 y siguiendo hasta los años 60, a miles
de mineros del uranio se les dijo que respirar gas radón en las minas
de uranio de Nuevo México era algo perfectamente seguro. Sólo ahora se
están contando los casos de cánceres de los pulmones causados por el
radón, al filtrarse la verdad 50 años después, cuando es demasiado
tarde.

En retrospectiva, una clase de manía nuclear barrió el mundo
industrial. Lo que la biotecnología y las computadoras de alta
tecnología son hoy en día, lo fue la tecnología atómica en los años 50
y a principios de los 60. Los contratistas del gobierno gastaron miles
de millones de dólares en desarrollar un avión que funcionaba con
energía nuclear -a pesar de que cálculos sencillos de ingeniería les
decían desde el principio del proyecto que un avión como ése sería
demasiado pesado como para llevar una carga útil [4, pág. 204]. La
empresa Monsanto Research Corporation propuso una cafetera que
funcionaba con plutonio, que podía hervir agua durante 100 años sin
tener que ser recargada [4, pág. 227]. Una compañía de Boston propuso
gemelos hechos de uranio radiactivo para los puños de las camisas por
la sencilla razón de que el uranio es más pesado que el plomo y "el
peso inusualmente grande impide que los puños se suban" [4, pág. 227].

En 1957, la Comisión de Energía Atómica (Atomic Energy Commission)
estableció la llamada Plowshare Division (Sección "Reja de Arado") -
cuyo nombre viene de la frase de la Biblia mencionada en Isaías
(2:4) "que de sus espadas harán rejas de arado" [4, pág. 231]. Nuestro
gobierno y sus socios industriales estaban decididos a demostrarle al
mundo que esta tecnología era benigna, sin importar cuáles fueran los
hechos. El 14 de julio de 1958, el Dr. Edward Teller, el padre de la
bomba H, llegó a Alaska para anunciar el Proyecto Chariot, un plan para
hacer un nuevo puerto en la costa de Alaska detonando hasta seis bombas
H. Luego de una tremenda lucha política -documentada en el libro de Dan
O'Neill, THE FIRECRACKER BOYS ("LOS CHICOS DE LOS PETARDOS") [7]- el
plan fue engavetado. Se desarrolló otro plan para hacer un nuevo canal
a través de Centroamérica con bombas atómicas, simplemente para darles
a los E.U.A. alguna influencia en la negociación con Panamá sobre el
control del Canal de Panamá. Ese plan también fue abandonado. En 1967,
se detonó una bomba A bajo la superficie en Nuevo México, para liberar
gas natural atrapado en las formaciones rocosas de esquistos. De hecho,
el gas atrapado fue liberado; pero -como los ingenieros del proyecto
debieron haber sido capaces de predecir- el gas resultó ser radiactivo,
así que el hoyo en el suelo fue tapado y todo lo que puede verse hoy
del Proyecto Gasbuggy es una placa de bronce en el desierto [4, pág.
236].

Resumiendo, según el columnista H. Peter Metzger, del diario NEW YORK
TIMES, la Comisión de Energía Atómica derrochó miles de millones de
dólares en "planes descabellados", todo con el propósito de probar que
la tecnología nuclear es beneficiosa y de ninguna manera dañina [4,
pág. 237].

La Plowshare Division pudo haber sido un completo fracaso, pero de
todos estos esfuerzos surgió un resultado perdurable: una fuerte
cultura de denegación echó raíces profundas en los corazones de los
Estados Unidos científicos e industriales.

[Continuará el 13 de abril].

--Peter Montague

=====

[1] Catherine Caufield, MULTIPLE EXPOSURES; CHRONICLES OF THE RADIATION
AGE (New York: Harper & Row, 1989). ISBN 0-06-015900-6.

[2] Jim Robbins, "Camping Out in the Merry Widow Mine," HIGH COUNTRY
NEWS Vol. 26, No. 12 (June 27, 1994), págs. desconocidas. Ver
http://www.hcn.org/1994/jun27/dir/reporters.html. Ver también
http://www.roadsideamerica.com/attract/MTBASradon.html

[3] Arjun Makhijani y Scott Saleska, THE NUCLEAR POWER DECEPTION; U.S.
NUCLEAR MYTHOLOGY FROM ELECTRICITY "TOO CHEAP TO METER" TO "INHERENTLY
SAFE" REACTORS (New York: The Apex Press, 1999). ISBN 0-945257-75-9.

[4] H. Peter Metzger, THE ATOMIC ESTABLISHMENT (New York: Simon &
Schuster, 1972). ISBN 671-21351-2.

[5] Michael D'Antonio, ATOMIC HARVEST (New York: Crown Publishers,
1993). ISBN 0-517-58981-8. Y: Chip Ward, Canaries on the Rim: Living
Downwind in the West (New York: Verso, 1999). ISBN 1859847501.

[6] Karl Z. Morgan y Ken M. Peterson, THE ANGRY GENIE; ONE MAN'S WALK
THROUGH THE NUCLEAR AGE (Norman, Oklahoma: University of Oklahoma
Press, 1999). ISBN 0-8061-3122-5.

[7] Dan O'Neill, THE FIRECRACKER BOYS (New York: St. Martin's Press,
1994). ISBN 0-312-13416-9.

Palabras claves: radiación; armas nucleares; energía nuclear; rayos x;
cáncer; carcinógenos; karl z. morgan; poblaciones en la dirección del
viento; nevada test site; hanford;

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