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#735 - El Movimiento Ambientalista -- Parte 3: Ambientalismo Cívico, 10-Oct-2001

El movimiento ambientalista de la corriente dominante se desarrolló
durante la década de 1970 sobre el legado de John Muir, Gifford Pinchot
y otros de los primeros conservacionistas. Desde 1970 hasta 1980, el
gobierno federal creó un nuevo y complejo sistema de leyes e
instituciones para la protección ambiental. El Presidente Nixon creó la
Agencia de Protección Ambiental (Environmental Protection Agency, EPA)
y el Congreso creó el Consejo para la Calidad Ambiental (Council on
Environmental Quality) y aprobó una docena de leyes ambientales fuertes.

Dentro del nuevo sistema de protección ambiental, los grupos
ambientalistas de la corriente dominante, como Natural Resources
Defense Council (NRDC) y Environmental Defense (ED, antiguamente
Environmental Defense Fund), vieron oportunidades para que abogados y
científicos influyeran en la política pública mediante las demandas, la
redacción de leyes reguladoras y la determinación de parámetros
científicos. Estos abogados y científicos que trabajaban por el interés
público eran idealistas, entusiastas y estaban dispuestos a trabajar
largas horas. Concentraron sus esfuerzos en la presión política y en la
definición de parámetros y legitimaron sus operaciones creando juntas
de directores bien conectados. Recaudaron por correo peticiones de
personas que los apoyan, en su mayor parte pasivas. No intentaron
formar un movimiento que pudiera atraer a la mayoría de los
estadounidenses debido a que creían realmente que un grupo selecto de
profesionales jugando al juego de los "informantes" podría proteger el
medio ambiente. Durante un tiempo, su fórmula pareció funcionar.

La llegada de Ronald Reagan en 1980 cambió muchas cosas, incluyendo el
sistema de protección ambiental en Washington. Herblock, el viñetista,
capturó la esencia del cambio cuando representó al Presidente Reagan y
su Secretario del Interior, James Watt, haciendo un picnic con su
mantel a cuadros colocado sobre el tocón de un árbol. Detrás de
aquellos hombres sonrientes, hasta donde alcanzaba la vista, había
colinas cubiertas sólo con tocones de árboles. La leyenda decía: "No
hay nada mejor que esto".

Entonces vino George Bush padre, Hillary y Bill Clinton, y Newt
Gingrich. Los ambientalistas fueron tolerados en el mejor de los casos,
y en el peor de los casos fueron llamados "ecoterroristas". Al pasar la
teología de "libre mercado" por Washington y por muchas capitales
estatales, el movimiento ambientalista tradicional se ajustó a un nuevo
clima, aprendiendo a describirse a sí mismo como "amigo de las
empresas", defendiendo el uso de los mecanismos de mercado para la
protección ambiental [1, pág. 105]. Muchos de ellos defendieron (y
siguen defendiendo) la venta de "derechos de contaminación", los cuales
tienden a dirigir los tóxicos hacia las comunidades pobres y las
comunidades de color.

En espera de ganar "acceso" a la administración de Clinton, los
ambientalistas de la corriente dominante salieron al bate por las
corporaciones, ayudando a aprobar el Acuerdo de América del Norte para
el Libre Comercio (North American Free Trade Agreement, NAFTA). Las
organizaciones Environmental Defense, National Audubon Society,
National Wildlife Federation, Natural Resources Defense Council y World
Wildlife Fund crearon la Coalición Ambiental para el NAFTA
(Environmental Coalition for NAFTA) y comenzaron a promover la teología
de libre comercio de sus adversarios corporativos. El Sierra Club se
rehusó a unirse. John Adams, del NRDC, se jactaba más tarde: "Nosotros
[los ambientalistas] éramos uno de los dos grandes obstáculos contra
los que tenía que luchar la administración. El otro era el movimiento
obrero. Nosotros destruimos el eje de la oposición ambiental al NAFTA.
Después de que establecimos nuestra posición, Clinton sólo tenía que
luchar contra el movimiento obrero. Nosotros le hicimos un gran favor"
[1, pág. 188].

En última instancia, sin embargo, tales estrategias antidemocráticas
de "informantes" fracasaron. Como Jay Hair, de la organización National
Wildlife Federation, describiera su relación con la administración de
Clinton/Gore: "Lo que comenzó como una historia de amor, resultó ser
una violación" [1, pág. 177].

Durante los pasados 20 años, los grupos de la corriente dominante se
han visto a sí mismos incapaces de influir en la política nacional de
alguna manera duradera debido a que con cambiar pequeños detalles en
las regulaciones y con cabildear para enmendar leyes -una estrategia
de "susurrar al oído del rey"- no se le pone ninguna presión duradera
al rey. El rey puede concederles sus deseos arbitrariamente, pero de
igual manera tales favores pueden ser echados atrás debido a que no hay
un grupo organizado de personas por todo el país que los apoyen
poniéndole una presión al rey.

Así, la política ambiental nacional en los E.U.A. permanece estancada
en el mismo sitio en que lo estaba en la década de 1970. Mientras
Europa, Australia, Nueva Zelandia y partes del Tercer Mundo han
adoptado nuevos principios de protección ambiental basados en la acción
preventiva, la responsabilidad extendida del productor, la prevención
de la contaminación, la producción limpia y la descarga cero (los
cuales describiremos más adelante en esta serie), los E.U.A. permanecen
atados de pies y manos por un sistema impracticable basado en la
evaluación de los riesgos de un químico por vez y en los controles
ineficientes e ineficaces del "final de la tubería".

Ahora, como vimos en RACHEL'S #732, la estrategia de la corriente
ambientalista dominante, basada en demandas y dictámenes, ha naufragado
al haber caído las cortes federales bajo la influencia del Gran Dinero
y el extremismo de derecha del "libre mercado".

En este momento de la historia, ¿pueden las organizaciones
ambientalistas de la corriente dominante reinventarse a sí mismas para
recobrar su relevancia? Existen señales de que algunas pueden. La
organización World Wildlife Fund se ha convertido en un líder en
negociaciones internacionales, defendiendo el principio de la
precaución e instando a dejar de producir clases enteras de químicos
(aquellos que son persistentes o se bioacumulan). El Sierra Club ha
comenzado a tomar en serio el activismo por la justicia ambiental (EJ,
por sus siglas en inglés) y ha comenzado a hablar con el movimiento
obrero organizado. Está por verse si otros grupos ambientalistas de la
corriente dominante pueden dar el giro hacia las perspectivas modernas.
Sin embargo, los grupos de la corriente dominante con base en D.C. aún
reciben aproximadamente 70% de todo el dinero disponible para la
protección ambiental [1, pág. 41].

Mientras tanto ha emergido una nueva clase de ambientalismo, a pesar de
que permanece sorprendentemente mal financiado [2]. Comenzó en Love
Canal, Nueva York, y en la zona rural de Warren County, North Carolina,
a finales de la década de 1970 y a comienzos de la década de 1980.
Desde entonces se ha expandido por todo el país, sumando las
preocupaciones humanas acerca de las injusticias sociales, económicas y
ambientales, y concentrándose en sitios locales. Frecuentemente ha
tomado la forma de una lucha para impedirle a un contaminador que se
establezca en una comunidad negra o latina, pero en algunos casos ha
llegado considerablemente más lejos, convirtiéndose en un enfoque
integral para la revitalización y el desarrollo de la comunidad.

Un libro reciente excelente de MIT Press, THE LAND THAT COULD BE ("EL
PAIS POSIBLE") por William Shutkin, llama a este nuevo
enfoque "ambientalismo cívico" [3]. Shutkin lo ve de esta manera: "Lo
que en última instancia define al ambientalismo cívico y lo distingue
de otras formas de acción social, es el enlace explícito entre las
soluciones a los problemas ambientales y el sentido de la comunidad
como tal. El ambientalismo cívico está dirigido fundamentalmente a
asegurar la calidad y la sustentabilidad de nuestras comunidades en lo
económico, social y ambiental" [3, pág. 128].

El ambientalismo cívico se basa en seis "conceptos centrales", los
cuales son:

1. La participación democrática en la toma de decisiones. "El
ambientalismo cívico mantiene la participación regular y práctica de
todos los ciudadanos en las decisiones ambientales, de manera que los
resultados ambientales son la función compartida de la masa", dice
Shutkin [3, pág. 129]. Para que esto funcione, todas las partes
afectadas deben estar reunidas (no sólo unos pocos expertos):
ejecutivos corporativos, promotores inmobiliarios, oficiales del
gobierno, representantes del sector sin fines de lucro, trabajadores y
residentes. Para que un procedimiento como ése funcione, la gente tiene
que tomarse en serio entre sí, sin importar la edad, la raza, el
ingreso, el género, la etnia ni la geografía. El trabajo cara a cara es
esencial: sin reuniones cara a cara, las personas tienden a ver a sus
oponentes como caricaturas, no como seres humanos reales. A lo largo
del tiempo, el trabajo cara a cara fomenta un sentido de comunidad, lo
cual a su vez fomenta una mayor participación. Este enfoque valida la
experiencia de la gente común, permitiéndole a los expertos desempeñar
su papel correcto de asesores y proveedores de información, no el de
una élite en la toma de decisiones. Pero para que funcione la
democracia participativa, las decisiones deben tomarse con el
consentimiento informado y total de aquellos afectados. Este concepto
ha sido poco probado en los E.U.A., en donde la "participación
democrática" por lo general está limitada a pagar impuestos y votar
ocasionalmente.

2. La planificación regional y de la comunidad. Sin entrar en detalle,
la planificación significa decidir qué clase de futuro quiere su
comunidad dentro de 5 ó 10 años, haciendo un balance de los recursos
necesarios para llegar ahí, haciendo el inventario de los bienes
locales y luego dando pasos para lograr el futuro deseable y medir el
progreso a lo largo del camino. La falta de planificación nos ha traído
expansión urbana descontrolada, pérdida de espacios abiertos y hábitats
para los animales silvestres, contaminación del aire, centros
abandonados en las ciudades y una cultura de viajes diarios entre la
casa y el trabajo/escuela.

3. La educación ambiental está dirigida en primer lugar a permitirle a
los jóvenes que crezcan respetando su lugar en el orden natural, de
manera que quieran "concordar" con la naturaleza, no dominarla y
destruirla. La educación ambiental también busca informar tanto a los
productores como a los consumidores acerca de las consecuencias de sus
actividades económicas, esperando que los mismos cambien sus prácticas.
La educación ambiental puede informar a la gente acerca de la
desmesurada carga de contaminación soportada por los pobres y la gente
de color. Los ciudadanos frecuentemente han proporcionado su propia
forma de educación ambiental, alertando al gobierno y a los oficiales
corporativos acerca de relaciones insospechadas entre el medio ambiente
y la salud humana. Los residentes y los trabajadores han reconocido
muchos problemas ambientales serios mucho antes de que la ciencia
revelara las relaciones de causa y efecto.

4. La ecología industrial. Shutkin usa este término en lugar del
término más común "producción limpia". Aquí, la idea básica es que los
procesos industriales de extracción, producción, distribución, consumo
y desecho deberían funcionar aproximadamente de la misma manera en que
lo hacen los ecosistemas.

Como dice Shutkin, la ecología industrial (producción limpia) "les
proporciona a los ambientalistas un modelo de desarrollo económico
convincente, permitiéndoles atraer y promover el desarrollo económico y
el medio ambiente urbanizado como un asunto ambiental legítimo" [3,
pág. 138].

Shutkin resume una serie de "principios de diseño" modernos,
desarrollados por el arquitecto William A. McDonough y publicados
como "The Hannover Principles" [4].

5. La Justicia ambiental. El ambientalismo cívico exige que las
comunidades les proporcionen A TODOS un lugar saludable para vivir,
trabajar y jugar. Exige que TODOS tengan una oportunidad real para
participar en las decisiones que afecten su salud y su medio ambiente,
especialmente aquellos que tradicionalmente han sido dejados fuera. La
justicia implica salud y seguridad ambiental para todos, incluyendo los
trabajadores, los pobres y los desposeídos.

6. Lugar. Shutkin transmite la importancia del lugar citando a Alan
Gussow: "Un lugar es una pieza de todo el medio ambiente que ha sido
reclamada por los sentimientos". Como dice el poeta Gary Snyder: "De
todas las agrupaciones de las cuales nos identificamos a nosotros
mismos como miembros (racial, étnica, sexual, nacional, religiosa,
ocupacional, de clase, de edad), la que más se olvida y que tiene el
mayor potencial para sanar, es el lugar... Las personas que pueden
reconocer que comparten un compromiso con el paisaje -incluso si de
otra manera están encerradas en una lucha entre ellas- por lo menos
comparten algo muy profundo" [3, pág. 140].

Shutkin alega que ya tenemos la mayoría de las ideas y tecnologías
necesarias para lograr comunidades deseables. Incluso parecemos tener
la voluntad, dice, citando encuesta tras encuesta, en donde se muestra
que la mayoría de los estadounidenses apoyan la protección ambiental y
quieren un mayor involucramiento cívico y sentido de comunidad. Lo que
nos falta son ejemplos a seguir: "Existen muy pocos modelos de
comunidades sustentables para inspirarnos y guiarnos", dice [3, pág.
141].

Shutkin finaliza su libro con cuatro estudios de casos
de "ambientalismo cívico" que funcionan en el mundo real en el
vecindario de Dudley Street de Boston, en la sección de Fruitvale de
Oakland, California, en el condado rural de Douglas, Colorado, y en los
condados Morris y Somerset en Nueva Jersey. Aquí se están sembrando las
semillas para una nueva política ambiental, pero aún queda mucho
trabajo por delante. [Continuará.]

--Peter Montague

=====

[1] Mark Dowie, LOSING GROUND (Cambridge, Mass.: MIT Press, 1995). ISBN
0-262-04147-2.

[2] Daniel R. Faber y Deborah McCarthy, GREEN OF ANOTHER COLOR:
BUILDING EFFECTIVE PARTNERSHIPS BETWEEN FOUNDATIONS AND THE
ENVIRONMENTAL JUSTICE MOVEMENT (Boston, Mass.: Philanthropy and
Environmental Justice Research Project, Northeastern University, 2001).

[3] William A. Shutkin, THE LAND THAT COULD BE (Cambridge, Mass.: MIT
Press, 2000). ISBN 0-262-19435-X.

[4] Disponible en http://repo-nt.tcc.virginia.edu/classes/tcc315/
Resources/ALM/Environment/hannover.html.

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